martes, 8 de octubre de 2013

La Gracia: La historia del Recaudador de Impuestos

Mi Dios amado y todopoderoso,

tú me conoces. Tú sabes que soy un pecador. Mi oficio es detestable: soy recaudador de impuestos para el imperio romano. Los demás judíos me miran con desprecio, porque soy un traidor a nuestro pueblo. Compré mi puesto de trabajo por una pequeña fortuna, y a cambio mi provecho llega de todo lo que cobro de más a comerciantes y pueblerinos por toda Galilea. Ahora es demasiado tarde para mí. Me dejé llevar por la codicia y no puedo cambiar lo que hice. He pecado contra ti, mi Dios, y he pecado contra mi gente. He hecho sacrificios de arrepentimiento, pero mañana volveré a salir a la calle, volveré a ir a las casas y a los comercios. Ahora, en tu templo, por un momento estoy libre de mis muchos pecados, pero no puedo huir de mi propia maldad. Tal vez mañana no tenga suficiente capital para comprar los sacrificios del día siguiente. Pecados se amontonan sobre pecados, y ahora mismo he de oir, mientras te oro, mi Dios, como ese fariseo, hombre digno y justo ante ti, da gracias por no ser como yo. Y tiene razón en hacerlo.

Y yo sólo puedo golpearme el pecho, y humillarme, y llorar. No puedo hacer nada por mí mismo, ¡nada! Oh, Dios mío, me siento indefenso, sin refugio, sin esperanza. Nada tiene sentido para mí. ¿No llegará el libertador? ¿No vendrá el Mesías que tantas veces anuncian los sacerdotes cuando nos leen las Escrituras? Y cuando venga, ¿cómo me presentaré ante él? Temo que me contará entre los enemigos de Israel y me destruirá con ellos. No soy digno, soy escoria, soy sólo un pecador malvado, débil de carácter y atrapado por sus propios errores. ¡Oh, Dios mío, ten misericordia de mí!

No sé cuanto tiempo llevo de rodillas. No sé cuanto me he golpeado en el pecho, no sé cuanto he llorado. He dejado que el tiempo pasara humillado en tu templo, abandonado a tu merced. Y ahora hay un joven a mi lado; creo que le recuerdo, es el hijo de un carpintero de Nazaret. Un chico de buena reputación, él y sus hermanos. Por eso me extraña que se acerque a alguien como yo. Y qué expresión tan pacífica tiene. Beatífica. Debe tener unos veinte años, pero tiene rostro de ángel, como si fuera mucho más joven. Se agacha a mi lado, me mira a los ojos con la autoridad de un varón, de un sacerdote, y me dice "Hoy te irás a tu hogar justificado ante Dios".

No recuerdo cuando me puse en pie y salí del templo. Me encontré en el camino a mi casa, caminando como en sueños, aun boquiabierto, y lleno de una paz como nunca había conocido antes. ¿Yo, justificado? ¿Yo, un publicano, recibiendo la misericordia de Dios, siendo tan indigno? Me cuesta de entender. De niño, memoricé con mi maestro de la ley el libro de Deuteronomio. Por primera vez en años, recuerdo las consecuencias de la obediencia y la desobediencia del pacto de Israel con el Señor, tal y como fueron dictadas al mismo Moisés. Pero también decía que, incluso habiendo venido las maldiciones que acompañan el apartarse de Dios, "cuando hubieren venido sobre ti todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y te arrepintieres en medio de todas las naciones adonde te hubiere arrojado Jehová tu Dios,y te convirtieres a Jehová tu Dios, y obedecieres a su voz conforme a todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma, entonces Jehová hará volver a tus cautivos, y tendrá misericordia de ti, y volverá a recogerte de entre todos los pueblos adonde te hubiere esparcido Jehová tu Dios... Y tú volverás, y oirás la voz de Jehová, y pondrás por obra todos sus mandamientos que yo te ordeno hoy." (Deuteronomio 30:1-3,8).

Es extraño, porque es muy distinto de lo que nos explican los escribas cuando interpretan la ley. Ellos nos dicen que debemos esforzarnos, dejar nuestros pecados, ofrecer sacrificios y entonces Dios nos perdonará y seremos libres de maldición. Pero en las Escrituras, el Señor ordenó que nos arrepintiéramos y volviéramos a Él. Y entonces podríamos obedecer y poner sus mandamientos por obra. No lo comprendo, pero hoy he recibido esta promesa. No sé por qué ni cómo, no puedo comprenderlo, pero hoy he vuelto justificado a mi casa.


¡Es él! ¡El joven carpintero, Jesús hijo de José! Desde aquel día en el templo, apenas había vuelto a verle. En cambio, desde hace meses sólo se oye hablar de él. Se dice que fue en busca de Juan el Bautista y que se fue al desierto, y que ha vuelto de allí ungido como profeta, hablando en las sinagogas como un poderoso intérprete de la ley. Me he preguntado, muchas veces si él también pensaba en el libro de Deuteronomio cuando me confirmó que la misericordia de Dios también estaba sobre mí. Y ahora está aquí, y predica sobre el Reino de Dios que se ha acercado. Quiero acercarme y unirme a ese grupo de discípulos que le ha seguido desde toda Siria. Pero me da vergüenza.

A mi alrededor, la gente murmura. Le han conocido de niño, a él y sus padres y sus hermanos. Preguntan quién se cree que es para hablar así. Le llaman arrogante. Yo le creo, creo en lo que está enseñando. Pero no me atrevo a dar un paso adelante. Les oigo exclamar "¿Este es el que echa fuera a los demonios? ¿Este ha sido bendecido? ¡Si yo le conozco desde que era un crío mocoso! ¿Cómo va a ser ahora un sabio? ¡Sólo quiere hacerse ver!". Sé que escucho la voz de la envidia y de la cobardía. Pero yo también soy cobarde. Yo también tengo miedo de creer, porque promete unas bendiciones desconocidas, y porque lo que dice es tan distinto de los maestros de la ley que conozco.


Es increíble. Hace dos días se oía un clamor a las puertas de Jerusalén. ¡La gente aclamaba al Mesías! Pensé "¿Será posible? ¿Está aquí el libertador?". Y entonces, entre las multitudes que extendían hojas de palma a su paso, apareció Jesús, montando un borriquillo. Y ahora, contra todo lo que ordena la ley romana, sin juicio adecuado a la ley de Moisés, sin testigos, Jesús ha sido condenado. Le miro de lejos, colgando de la cruz. No me he atrevido a decir nada; es más, como se busca a sus discípulos, yo grité como todos que se le crucificara, que no se le liberara a él, sino a Barrabás el Sanguinario. Por miedo, por vergüenza, porque soy indigno. Ahora le veo allí y tengo un nudo en la garganta. No me atrevo a irme. Le quedan escasas horas. Siento la necesidad de velarle en estos últimos momentos.

Entonces alguien me da un codazo. Son un grupo de desharrapados, desocupados, que parecen disfrutar de ver humillado a alguien que se había atrevido a brillar tanto. Se han ido turnando para darle de beber vinagre con una esponja empapada al extremo de una caña. Ahora me la tienden a mí con una sonrisa. Me quedo paralizado. Me mira con su sonrisa retorcida y desagradable; mira mis ricas ropas, mira el emblema que me identifica como un recaudador. Escupe y lanza una mirada de reojo a los legionarios; Dios misericordioso, me doy cuenta de cómo disfrutaría este tipejo de denunciarme como un seguidor de Jesús y ver cómo me arrestan y azotan. Precipitadamente, le arrebato la caña y me acerco, trotando y trastabillando por la empinada colina que es la cima del Gólgota, a las cruces.

A medida que me acerco, escucho que uno de los crucificados a un lado de Jesús toma aliento; se atraganta, porque apenas puede respirar, y hace un nuevo intento. Sus palabras me estremecen: "¡Jesús! ¡Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino!". ¿Pero aun inspira tanta fe este hombre, este pobre desgraciado? Entiendo que para mí sea alguien especial, por las palabras que me dirigió hace tanto y que tanto significaron y tanta paz me dieron. ¿Pero a este, que tengo entendido que es un asaltador de caminos, asesino y ladrón?

Más despacio, pero he seguido andando hasta el pie mismo de la cruz de Jesús. Torpemente, levanto la caña; el vinagre gotea, baja por la caña, me mancha las mangas. No me importa, lo urgente es que no se me pueda acusar, porque podría perderlo todo, mi casa, mi familia, mis tierras; y quien sabe si no colgaría yo también de una cruz hasta morir. Levanto la mirada, pero Jesús no parece ver la caña. Uno de sus ojos está completamente cerrado; la sangre que sigue manando de su frente, con la corona de espinas que le pusieron para torturarle incrustada firmemente en su carne, se derrama sobre el ojo y le ciega. Pero Jesús está concentrado en otra cosa. Veo que está apoyándose en sus pies atravesados por un clavo enorme; oigo sus dientes rechinar, pero ni siquiera gime de dolor. Me doy cuenta entonces: está tomando aliento a su vez. Está sufriendo este dolor con tal de tomar aire para decir algo. Y habla, sin fuerza, agotado, pero una vez más, con una convicción asombrosa.

"De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso."

La caña cae de mis manos. Mis ojos se llenan de lágrimas. Este hombre miserable ha clamado a Jesús, y Jesús le ha prometido la misma justificación que a mí. Mi humillación es tan grande que no puedo soportarla. Huyo del Gólgota, pidiendo perdón con los gritos callados de mi corazón. ¡Qué asombrosa gracia! Ya no puedo creer otra cosa; realmente, este hombre era el Hijo de Dios. Él era el Mesías. Y le hemos ejecutado.

Un joven me detiene. Ve mi rostro demudado. Me abraza como un hermano, me lleva con él. Su nombre es Santiago. Él, me dice, también es discípulo de Jesús. Me doy cuenta de que tiene razón; yo también le oí hablar y también he creído en él. Con Santiago hay otros pocos, guardando duelo, y permanezco con ellos. Unas horas más tarde, nos anuncian la muerte del Mesías. Lloramos, pero también suspiramos aliviados de que su sufrimiento haya terminado al fin.


Me he quedado estos días de la Pascua con Santiago y los suyos. Me he ocupado de traerles comida y noticias de fuera. Ellos me han compartido las enseñanzas de Jesús. Me ha sorprendido mucho saber que él también recordaba aquel breve encuentro conmigo, y que lo utilizó para expresar la misericordia de Dios. Para recordarnos que no somos nada sin Él, que nuestras obras jamás podrán traernos paz de espíritu, ni salvación, ni el completo perdón de pecados, sino el sincero clamor y abandonarnos a él. Jesús dijo también "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?".

He oído hablar de Simeón el eremita, que dejó todo lo que era suyo y se apartó del mundo para acercarse a Dios. Pero siento, cuanto más medito estas palabras de Jesús, que no es esta forma de negarse la que nos quería compartir. No, nos habló de negarnos a nosotros mismos, nuestras obras, nuestros intentos de alcanzar el cielo... y que tomáramos nuestra cruz. Que los lleváramos a morir, que dejáramos morir nuestras obras religiosas como el mismo Jesús ha terminado muriendo por mano de los religiosos. Y que le siguiéramos. He llegado tarde a seguirle, pero creo que puedo seguir su estela, el rastro de sus enseñanzas. Los discípulos que le tuvieron más cerca están sufriendo mucho más que yo, pero espero que se recuperen y podamos honrar lo que el Hijo de Dios ha traído a Israel, para que no se desperdicie. Voy a seguir a Jesús y ponerme en sus manos. Acepto su gracia y el perdón de mis pecados que viene con ella. Y por el amor que le tengo, quiero dar un paso adelante y compartir este evangelio que me han enseñado, en el nombre de Jesús. Pero sigo siendo cobarde; me pregunto, habiendo muerto el Maestro, de donde vendrá el poder que necesitamos, los discípulos y yo.

Algunas mujeres que están con nosotros, María Magdalena y la otra María, la hermana de Lázaro, han salido esta mañana temprano para visitar el sepulcro de Jesús. Acaban de entrar a toda prisa, jadeando por la carrera y la emoción. Y nos anuncian algo increíble: han visto a un ángel y les ha dicho que sus discípulos se reúnan con Jesús en Galilea, porque ha resucitado, y el propio Jesús ha venido frente a ellas a confirmarles que es cierto. La muerte ha sido vencida. Una nueva gracia se abre ante nosotros para que el perdón sea eterno, completo, perfecto. Dudo por un momento de si me corresponde ir, y luego sonrío y me abandono a la misericordia de Dios. Por supuesto que yo también me reuniré con el maestro en Galilea.

No hay comentarios:

Publicar un comentario